27 sept. 2015

“Hay gente que está muy sola”

ayudar a morir

Ana Niello (59) es auxiliar de enfermería y se especializa en la atención de pacientes terminales. Compasión y tacto ante la soledad y el abandono.

Todos los días de su vida sabe que puede ser el último. No el de ella, no. El de sus pacientes. Ella los mima, les habla, espera secretamente el milagro que tanto quiere la familia del enfermo y jura, por otra parte, que le resultaría imposible hacer lo mismo -atender, cuidar- a niños con enfermedades terminales.

Así es Ana Graciela Niello, auxiliar de enfermería, de 59 años, casada, con cinco hijos y que se dedica justamente a eso que se expresa tan facilmente con un par de palabras -cuidar, atender, asistir- a esos seres desahuciados que luchan por estar vivos un poquito más de tiempo, sólo un poquito, como le ocurrió a su madre, a quien también cuidó.

De ella, de su madre enfermera, heredó el amor por su profesión y las ganas de ayudar, dice; entonces estudió y una vez que empezó jamás dejó de trabajar.

"El paciente se convierte en tu segunda familia porque una termina viviendo más con ellos que con la propia. Lo que pasa es que la gente que atendemos está muy sola, generalmente porque los hijos o nietos no tienen tiempo para cuidarlos o simplemente porque se quedaron sin nadie en la vida y es ahí cuando recurren a nosotros, a entidades como Grupo Medihome, que es donde yo trabajo."



Cara a cara
No hay que tener una gran imaginación para componer cualquier de esas escenas que para Ana están asociadas al quehacer cotidiano, aunque cada una, en cada caso, tenga un carácter único e irrepetible, con pequeñas treguas, pasajeros alivios -buenos momentos, incluso-, y finales previsibles.

Ana recuerda con especial tristeza a una mujer con cáncer terminal que soportaba el dolor sobre la base de la morfina: así era su sufrimiento, se adormecía lentamente, pero seguía viva y volvía a quejarse cuando "el remedio" dejaba atrás su efecto. "Trabajé un año asistiéndola y al final esa paciente murió conmigo. Fue una experiencia muy triste y el primero de los casos que me marcó, porque vi la muerte cara a cara. A mí me dan mucha pena aquellos pacientes que están solos, es un cuadro triste. Yo trato de asesorar a la familia lo que es más conveniente, la mejor forma de llevar a cabo las cosas según lo que a mí me parece, para que la gente más cercana al paciente pueda estar en contacto y asistirlos cuando no estoy".

Miradas que no se olvidan
"¿Sabés? Muchos de los pacientes aprovechan nuestra presencia para contarnos sus vidas y por qué llegaron a estar enfermos y de qué manera, en qué contexto. También, en algunos pacientes lo que más me conmueve es ver su soledad y en otros, la esperanza de los familiares que bregan por una recuperación que, en algunos casos, nunca llega".

Lo que Ana no dice, es el esfuerzo espiritual que debe hacer antes de tocar la puerta de la casa donde cuidará a los enfermos. Suspira, toma aire profundamente y entra con esa seguridad que sólo da cierto manejo del dolor propio y ajeno, aunque luego se quiebre o flaquee.

"Los pacientes intentan llevar la situación lo mejor que pueden, pero en realidad eso depende de la personalidad de cada uno. Ellos se aferran a nosotros y nosotros tenemos que explicarles que la familia no puede estar presente todos los días, y que estamos ahí para ayudarlos". Ella les habla, los mima, acaricia y ve en sus ojos todo lo que les pasa por la cabeza, como si se tratara de una película con un final muy cercano. Son ojos que no se olvidan, miradas que perduran, piel que se va apagando.

Vínculos
¿Qué no puede soportar Ana? Insiste: "Yo trabajo con pacientes adultos porque no puedo, soy incapaz de ver a los chicos, de verlos sufrir. Una vez tuve que pedir reemplazo para un nene de San Justo que tenía parálisis cerebral y sabía que no iba a mejorar, no tenía retorno, entonces fui tres veces y no pude volver. Me hacía muy mal ver a la familia con esperanza. Uno espera a su hijo con todas las bendiciones, pero a veces las cosas salen mal".

Y sí, el azar, las buenas y las malas, lo inesperado. Ana sin proponérselo, filosofa. Y le sobran motivos para quedarse pensando en miles de esas cosas que pasan y que dejan marcas para siempre. En vínculos que no pueden olvidarse.

"Siempre me acuerdo de los dos años que conviví con una paciente que tenía una artritis aguda y a la que había que realizarle controles todo el tiempo, además de ayudarla a bañarse. Había días en los que me quedaba doce horas con ella, cubriendo a mi compañera de la tarde. Cocinábamos y le dejábamos la comida lista porque era una persona acostumbrada a una vida programada, muy obsesiva. Era tremendo, porque ella solamente contaba con su hermano militar, de noventa años, que vivía a tres cuadras. Mi paciente era una ex maestra y catequista, soltera, y siempre tengo el recuerdo de su casa, del lugar, de esa gente. Con mis compañeras la íbamos a visitar al hospital cada vez que podíamos, porque de alguna manera habíamos formado una familia. Hasta que murió, estando internada. Fue inevitable que nos doliera." Es inevitable, charlando con Ana, preguntarse por la eutanasia. Y compartimos el tema: "Creo que tendría que pensarlo más a fondo", confiesa. "Pero en un principio, no estoy de acuerdo. Es una encrucijada, uno no es quién para decidir sobre la vida de otra persona. Hace un tiempo tuve una paciente con Alzheimer en su fase final, en estado vegetativo, que estuvo cinco años en terapia intensiva. Sólo le latía el corazón, pero la hija decía que su madre iba a salir, le hablaba y le cantaba. En ese caso en particular tal vez hubiera considerado una acción o alguna clase de omisión que acelerara su muerte, pero, como dije: es un tema que merece ser pensado mucho, muy a fondo." Ana cree en Dios y en los milagros, aunque nunca vio ninguno. No importa, ella sigue esperando. Y por eso a veces llora; lo hace cuando ve a algunos abuelos sufrientes, solos y se le mezclan los problemas personales "porque ante determinadas situaciones es inevitable conmoverse. Igualmente, sé que el paciente percibe cuándo estoy mal, entonces intento sacar energías de donde no las tengo; inclusive, a veces son ellos lo que te cambian el ánimo".

"La rutina"
Un día común de Ana comienza a las cinco y media, con el mate compartido con el marido, momento en el que charlan, en el que están solos. "Después ponemos la camioneta en marcha y él me deja en Flores: ahí comienza mi recorrido. De ahí, a Chacarita, sigo por Elcano y Conde, Pampa y Cabildo, Cabildo y Monroe y, por último, las Cañitas y al mediodía vuelvo donde empecé. Nosotros realizamos las visitas con horarios puntuales pero dentro de los parámetros que uno puede manejar, por ejemplo si le baja la presión a un paciente, se puede extender la visita. A veces termino a las ocho. Y, si puede, me busca mi marido o yo paso por su negocio para volver a casa".

Ana está segura de que no va a dejar la profesión que tiene y asegura que va a seguir hasta que el cuerpo diga basta. "Estoy cómoda y me gusta", dice.

Pero hay más que vocación: ella parece destinada a cubrir ese lugar que no todos pueden ocupar: el del que contiene, vigila la respiración, los movimientos; el que espera a la parca porque sabe que ella está cerca. Hay que estar en sus zapatos. Y en su corazón. Lo que puede llamarse "su rutina" es en verdad una secuencia de desafíos espirituales y anímicos más allá de los quehaceres y los actos prácticos que realiza en cada caso. Porque Ana no va blindada, ni negadora. Sabe y siente de qué se trata.

Le preguntamos qué piensa de la Medicina. ¿Está deshumanizada? "En cierto punto, sí. Las clínicas privadas y los hospitales no dan abasto, están desbordados y los enfermeros no pueden llegar a conocer al paciente, a charlar con ellos y terminan sin involucrarse del todo. La internación domiciliaria permite conocer más a cada persona y su ambiente, que es lo que también los define." "Es tremenda la soledad de algunos enfermos", dice después, como pensando en voz alta. Y se queda en silencio.

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