Walt Whitman, el escritor que se convirtió en enfermero

La Guerra Civil, o Guerra de Secesión, de Estados Unidos (1861-1865) fue un conflicto que enfrentó al bando de la Unión, los estados del Norte, con los de la Confederación, los del Sur, que se autoproclamaron los Estados Confederados de América, junto con el anuncio de su separación del resto de la nación norteamericana, tras la victoria electoral de Abraham Lincoln en 1861.

La contienda acabó con la victoria del lado unionista y con la abolición de la esclavitud en las regiones sureñas, siendo esta, junto con las diferencias económicas y culturales entre una zona norte, rica e industrializada, y una sur, esclavista y agrícola, una de las principales razones que desencadenó el conflicto. 

Esta guerra se ha estudiado desde todos los puntos de vista posibles: la batalla de Gettysburg, la más conocida, es también una de las más famosas de la Historia, igual que el discurso que Lincoln pronunció antes de la misma. En este sentido, multitud de películas y obras literarias y científicas han explorado las causas y consecuencias de la conflagración en Estados Unidos y a sus participantes.

Pero el papel que los enfermeros voluntarios tuvieron en la atención a los heridos y enfermos ha pasado prácticamente desapercibido. Hoy queremos destacar la historia de uno de ellos: la del escritor neoyorquino Walt Whitman.

Whitman en la guerra: su labor en el conflicto

Walt Whitman, que ha pasado a la historia de la literatura por, entre otros, su libro Hojas de hierba (1855), fue enfermero voluntario del bando del Norte, cuando contaba 42 años, en los hospitales de Washington, en los que pasó tres años cuidando de los heridos.

El 12 de abril de 1861, el ejército del Sur atacó Fort Summer, lo que se considera el inicio de la Guerra de Secesión, y Whitman, según recoge Gonzalo Amaro Castro en su artículo «Leyendo a Walt Whitman, hombre y enfermero» (2014), expone, en su libro Diario de la Guerra Civil sus impresiones cuando leyó la noticia del ataque: «Esa noche yo había ido a la ópera de la calle Catorce, y tras la función, hacia las doce, iba camino a Brooklyn, por Broadway, cuando oí los agudos gritos de los niños vendedores de periódicos y luego los vi aparecer, gritando y corriendo de un lado para otro, con más furia que de costumbre. Compré un ejemplar y crucé hasta el hotel Metropolitan, cuyos grandes y brillantes faroles aún estaban encendidos y, con una pequeña multitud que se reunió de improviso, leí la noticia, a todas luces auténtica. En beneficio de los que no tenían un ejemplar del periódico, uno de nosotros leyó en voz alta el telegrama mientras los demás escuchaban silenciosa y atentamente. El grupo había crecido, éramos treinta o cuarenta, y nadie hizo comentario alguno, todos permanecíamos inmóviles, lo recuerdo, antes de dispersarnos. Casi nos puedo ver ahora, nuevamente, bajo las lámparas, a medianoche».

El escritor decidió partir para la guerra cuando leyó el nombre de su hermano George en una lista, publicada por The New York Tribune, de los heridos en la batalla de Fredericksburg, que tuvo lugar en diciembre de 1862. Finalmente, descubrió que estaba sano, pero lo que vio durante su viaje y su estancia cambió su forma de ver los campos de batalla, de la exaltación patriótica de poemas como Long, too long, America, a la plasmación realista y detallista de la labor de los sanitarios en los hospitales.

Francisco Herrera Pérez, catedrático de Historia de la Enfermería, explica, en su artículo «Un enfermero llamado Walt Whitman» (2015), que los principales trabajos que desempeñó en los hospitales de campaña, en los que, afirma, realizó alrededor de 600 visitas y atendió a 100.000 heridos, fueron de índole monetaria, ayudando económicamente a los ingresados, u ofreciéndose voluntario para escribir las cartas destinadas a los familiares de los heridos.

Whitman describe, según recoge el mismo autor (2015), algunos de los casos que se encontró durante su experiencia como enfermero: «Jóvenes soldados hospitalizados que padecían insolación, vómitos de sangre, neumonía, fiebre tifoidea, erisipela, disentería, gangrena o heridas terribles».

Su Diario de la Guerra Civil es un testimonio de primera mano de las impresiones de este escritor sobre el conflicto y de cómo cambió su vida la visión de los enfermos y heridos en los campos de batalla. Whitman describe en su obra diversos casos y la labor de los cirujanos en los hospitales de campaña, que, siguiendo su profesión, no distinguen entre los afectados de los dos bandos independientemente de su pertenencia: «En el campo de los heridos hay sudistas, muy malheridos, que esperan su turno como los demás, igual que los demás, pues los cirujanos les atienden por igual», de nuevo expuesto en «Un enfermero llamado Walt Whitman».

Su visión de la profesión enfermera

«En mis visitas a los hospitales descubrí que mi mayor éxito era mi simple presencia, que les ayudaba más que los médicos y los regalos de dinero o cualquier otra cosa», afirmaba este escritor.

Herrera insiste en su trabajo (2015) en el impacto que tuvo en Whitman conocer el trabajo de los enfermeros en una situación de guerra, así como el verse parte de esas labores, cuando pone de manifiesto que en sus diarios, el escritor alaba el buen hacer de los médicos, revelando, al mismo tiempo, la escasez de enfermeros y cirujanos que caracterizaban a los hospitales de campaña.

Asimismo, este autor pone de manifiesto las palabras que el neoyorquino dejó reflejadas en su obra sobre el proceso de aprendizaje que experimentó mientras permaneció en el conflicto: «Tanto en estas salas como en el campo, por donde continúo yendo, he sabido adaptarme a cada emergencia, sean triviales o imperativas. Cada una está justificada, no solo las visitas y el tratar de elevarles la moral o darles regalos, lavarles o vendarles las heridas (hay casos en los que el paciente prefiere que otros hagan esto y no yo); y que, en cambio, les explique pasajes de la Biblia, rece a su la do y les imparta doctrina. Veo a mis amigos sonriendo ante esta confesión, pero nunca he hecho algo más en serio en mi vida».

«Digo que se requieren unas facultades naturales y que no basta con tener a una amable jovencita en la mesa de una sala. Una de las enfermeras más eficientes que he conocido era una irlandesa a la que he visto cómo tomaba en sus brazos los cuerpos desnudos de los muchachos gravemente heridos», comentaba el escritor en Su Diario de la Guerra Civil, insistiendo en sus impresiones sobre la profesión. «He comprobado en la mayoría de los hospitales que mientras hay esperanza de vida para un herido, aunque su estado sea muy grave, el cirujano y las enfermeras trabajan sin desmayo, a veces con obstinada tenacidad para salvarlo. Me ha sorprendido con frecuencia el esfuerzo indescriptible por salvar una vida de las garras de la muerte», concluía.

Walt Whitman nos legó en sus diarios un documento de primera mano de la labor de los enfermeros voluntarios en la Guerra Civil Americana, una parte del conflicto que no ha sido estudiada tan profundamente como otras facetas del mismo, y sus palabras, y su visión de dicha labor, constituyen otro testimonio de la dedicación que estos trabajadores han tenido con los heridos en cualquier acontecimiento bélico, independientemente del bando en que estos combatieran, a lo largo de la historia de la enfermería.

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