Dicen que hace unos años,
cuando el fuego todavía escuchaba
y el monte respondía,
un hombre aprendió su camino.
No fue en una casa ni en un hospital.
Fue entre cerros, pedrera y monte cerrado,
allá en el norte del país,
donde el caballo es hermano
y el silencio enseña.
El monte lo puso a prueba.
Le mostró el dolor,
la vida que llega de golpe,
la urgencia que no espera permiso.
Y así, sin buscarlo,
aprendió a ser agente sanitario,
enfermero del cuerpo cansado,
partero del primer llanto.
Pero el monte no enseña solo a curar.
Enseña a mirar a los ojos,
a escuchar antes de hablar,
a entender que nadie se salva solo.
Ese aprendizaje quedó grabado
como marca antigua.
Lo fue puliendo por dentro,
sacando asperezas,
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