3 abr. 2016

Conocé la historia de amor que empezó en la guerra y se concretó 33 años después

Conocé la historia de amor que empezó en la guerra y se concretó 33 años después

A él le tocó ser herido a pocas horas del desembarco. A su lado, cayó el primer héroe, el mayor Pedro Giachino. Ella, enfermera civil, esperaba en el continente, en el hospital naval de la Base Puerto Belgrano.

El cabo Ernesto Ismael Urbina y la enfermera civil Elsa Mabel Rodas, ambos de la Armada, se conocieron en el Hospital Naval de la Base Puerto Belgrano, antes de la Guerra de Malvinas. Juntos atravesaron el drama y la recuperación de los heridos, uno de los cuales fue el propio Ernesto. El destino los separó, pero treinta y tres años después se reencontraron. Sin que ellos lo supieran, los había mantenido unidos la pluma de un ave que para los guaraníes tiene un gran significado.

Ernesto Ismael Urbina llegó al lugar de desembarco en Malvinas, en las proximidades de Puerto Argentino, a las 21 horas del 1º de abril de 1982, a bordo del ARA Santísima Trinidad. Era un buque nuevo en el que iban los hombres que llevarían a cabo la Operación Rosario, la primera operación táctica de las Fuerzas Armadas argentinas en la Guerra de Malvinas. Contaban con media hora de luz de luna para el procedimiento, pero la noche se hizo larga, helada y negra. Realizaron la recuperación más limpia que conozca la historia, sin muertos ni heridos del bando enemigo.

Urbina había entrado a la Armada a los 16 años. Tres años más tarde, ya era enfermero y comando anfibio. Su gomón era el número dieciocho de veinte, por lo que le tocó desembarcar en la más absoluta oscuridad. El mar helado le agarrotó las manos, que se le fueron aflojando en las cuatro horas de caminata que lo separaban de la posición que debía ocupar. Su misión era marcar el helipuerto con un calzoncillo largo que extendido tenía la forma de una H y que llevaba en su mochila. Después, a esperar instrucciones. Era el enfermero de la patrulla del mayor Pedro Giachino, el primer caído en combate.

A Urbina lo hirieron de gravedad unas pocas horas después de tomar posición en los alrededores de la casa del gobernador Rex Hunt. Logró marcar el helipuerto, pero no alcanzó a socorrer a Giachino, que murió rápidamente por una herida en la arteria femoral. Ernesto se inyectó morfina, se desplazó para salir de la línea de fuego "arrastrando las tripas en la tierra" y esperó fumando un cigarrillo hasta que lo rescataron.

En el medio, pensó en su madre, aquella que marcó su niñez y que hoy él evoca mágicamente: nació en una familia humilde, con lo justo para vivir, pero una mamá llena de recursos propios para hacer que ese recuerdo, el de ser un niño, sea tierno y feliz. Aquella noche en Malvinas tuvo miedo. Pero del miedo salió el coraje para esperar, porque como lo vieron erguido y fumando, pensaron que no estaba tan grave. Él mismo se hizo las primeras curaciones que le sujetaron los órganos dentro del cuerpo. No sentía una pierna. Y tenía frío.

Antes de la guerra, en la Base Naval de Puerto Belgrano, Ernesto era el más alegre, siempre rodeado de amigos. Sus compañeras enfermeras lo querían mucho, particularmente Elsa Mabel Rodas, que poco antes de irse a la guerra le regaló una pluma de caburé-i para que lo protegiese. Se trata de un ave del litoral con mucho significado para los guaraníes; su plumaje brinda protección según el lugar del cuerpo del que se hayan caído. No hay que arrancárselas al ave. Esta mezcla de rituales aborígenes con la capacidad de dar, curar, estudiar, ser valiente desde el temor y reconocerlo, es lo que hace que esta historia sea única.

Mabel lo esperaba la tarde del 2 de abril, entre muchas otras personas, en el Hospital Naval de Puerto Belgrano. Le habían dicho que llegaba muy grave, junto al cuerpo de Giachino. Cuando Ernesto recuerda ese traslado, admite que lo conmocionó viajar junto a su jefe muerto.

También lo aguardaban su madre y su hermana, y todos los médicos y enfermeras, sus compañeros. Su llegada era todo un símbolo: la guerra era real, concreta, con el primer muerto y el primer herido en combate arribando a la base.

Ernesto llegó despierto y sonriente, pero las bromas fueron una muestra de fortaleza frente a su madre. Luego nadie más lo vio, porque fue directo a terapia. Mabel pensó en él todo ese tiempo, hasta que lo volvió a ver cuando ya estaba en una sala común. Su admiración era profunda, sincera.

Más avanzada la contienda, Mabel estuvo en la unidad de quemados, donde le tocó atender a los compañeros que sobrevivieron al hundimiento del crucero ARA General Belgrano.Fue tanta su conmoción y su entrega, que llegó a tomar la drástica decisión de no traer hijos al mundo. No iba a soportar que un hijo suyo fuese a una guerra.

La vida separó a Ernesto y Mabel. Urbina se fue de alta dos meses después de llegar herido, se reincorporó al trabajo, y se fue de la Armada en el 84, en silencio. Hasta le quisieron cobrar la ropa que perdió en Malvinas, porque cuando llegó baleado lo habían despojado de ella. La enfermera, en tanto, se fue de Puerto Belgrano destinada a Ushuaia como miembro civil de la Armada. Ambos se casaron. Ernesto tuvo hijos, mientras que Mabel cumplió su promesa de no procrear.

Se pensaron toda la vida, separados. No se buscaron hasta muchos años después. Yo la conocí primero a ella, y tuve un encuentro con los dos este año en Córdoba. De todos los veteranos y veteranas, hombres y mujeres que conocí estudiando y escribiendo sobre la Guerra de Malvinas, son ellos dos quienes me demostraron lo que sostenía en mi pensamiento: se puede despegar de un pasado de guerra para honrar cada día la vida.

Mabel hace algo más: desde Ushuaia, parte todos los años en su camioneta a realizar tareas humanitarias con las comunidades guaraníes de sus antepasados. Despioja niños, les corta el pelo, da clases de horticultura, construye baños y les acerca agua, con la ayuda de amigos y vecinos que contribuyen con donaciones.

Les lleva la bandera nacional, que muchas escuelas de aldeas aborígenes no tienen, y les enseña la marcha de Malvinas. Son niños que hablan más portugués y guaraní que español. Son hijos de sus ancestros. Ella siente que debe rescatarlos y hace una obra maravillosa y grande, sobre todo porque la hace sola. Ir de Ushuaia a Misiones le lleva 5 días. Duerme en la camioneta o en la casa de algún veterano que la aloja. Sólo cuenta con su jubilación, y no le importa invertirla en una olla para la comunidad o en gallinas para que tengan huevos.

Ernesto trabaja desde hace años como enfermero de una empresa privada en Punta Alta. Ama el campo y los caballos, y es un ejemplo de dignidad. Tiene un recuerdo humilde de su rol en la guerra. "No soy ningún héroe. Era mi trabajo, me preparé y estudié para eso, no hice nada extraordinario. Mal la pasaron los que estuvieron 74 días en una trinchera, sin saber a qué hora les llegaba la muerte. Yo fui, hice mi trabajo y volví herido. Era una posibilidad cuando trabajás de algo que te lleva a la guerra", reflexiona. Su buen humor contagia, es un tipo alegre, de una sencillez que lo preservó de creérsela. Cuando habla de su experiencia, el silencio alrededor es absoluto, atrapa como una película.

Los dos enfermeros se buscaron, como si supieran que ambos estaban ya divorciados, y se reencontraron hace poco más de un año. Habían pasado 33 años, media vida.

Entre ellos subyacía algo que no alcanzó a ser en la Base de Puerto Belgrano, pero que ahora está empezando: el amor. Él vive en Punta Alta, ella entre Ushuaia y Misiones. Cada mes tratan de encontrar un tiempo para verse. El amor sereno, que nació de una guerra, les da la posibilidad de ser pacientes, de disfrutarse el poco tiempo que se ven.

Mabel y Ernesto no han hecho un culto de la guerra; es una circunstancia que los marcó para siempre, pero no se quedaron allá, se rescataron a sí mismos y viven para el futuro, apostando a mejorar el mundo en lo que a cada uno le toca. Cuando conocí a Urbina, lo primero que me mostró, antes que sus medallas, fue la pluma de Cabure-i que guardó para siempre, durante 33 años, en su billetera.

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