Por Lic. Sandro Ortega
Mientras se analizan los alcances de la reciente reforma laboral y sus implicancias sobre las relaciones de trabajo, existe un sector que merece una atención especial: la enfermería.
Las discusiones sobre vacaciones, bancos de horas, jornadas laborales, indemnizaciones y modalidades de contratación pueden parecer cuestiones técnicas o administrativas. Sin embargo, para miles de enfermeras y enfermeros representan aspectos que impactan directamente sobre su calidad de vida, su salud y su capacidad de seguir sosteniendo uno de los servicios más esenciales para cualquier sociedad: el cuidado de las personas.
La enfermería argentina atraviesa desde hace años una situación compleja. A la insuficiencia salarial se suman planteles reducidos, falta de cobertura de vacantes, jubilaciones que no son reemplazadas y licencias prolongadas que obligan a redistribuir tareas entre quienes permanecen en servicio. Como consecuencia, la sobrecarga laboral se ha naturalizado hasta convertirse en parte del paisaje cotidiano de muchos hospitales y centros de salud.
Detrás de cada guardia cubierta, de cada cama asistida y de cada emergencia atendida, existe un profesional que muchas veces resigna tiempo de descanso, momentos familiares y hasta su propia salud para garantizar la continuidad de la atención.
Por eso preocupa que, en un contexto ya marcado por el agotamiento y la falta de personal, puedan profundizarse mecanismos que dificulten el acceso efectivo al descanso o que flexibilicen derechos conquistados tras años de lucha de los trabajadores.
Las vacaciones no son un beneficio adicional. Son una necesidad. Los francos compensatorios tampoco son concesiones graciosas de los empleadores; son el reconocimiento del esfuerzo realizado durante jornadas extraordinarias, feriados y fines de semana de trabajo. Cuando estos derechos se postergan o se restringen, las consecuencias no solo recaen sobre los trabajadores, sino también sobre la calidad de atención que recibe la comunidad.
No existe cuidado seguro cuando quienes cuidan están agotados.
La pandemia dejó una enseñanza que no deberíamos olvidar. Durante los momentos más difíciles, la sociedad reconoció el valor de la enfermería. Se aplaudió a quienes permanecieron en la primera línea de atención y se destacó su compromiso con la salud pública. Sin embargo, ese reconocimiento simbólico debe traducirse en políticas concretas que mejoren las condiciones laborales y fortalezcan los equipos de salud.
Modernizar el mundo del trabajo puede ser un objetivo legítimo. Pero ninguna modernización será verdaderamente justa si no contempla la realidad de quienes sostienen servicios esenciales para la población. La eficiencia no puede construirse sobre el agotamiento humano ni sobre la renuncia permanente a derechos básicos.
La pregunta sigue vigente y merece una respuesta colectiva: si las enfermeras y los enfermeros dedican su vida a cuidar a otros, ¿quién cuida a quienes cuidan?
La respuesta no puede recaer únicamente en la vocación. Debe ser una responsabilidad compartida entre el Estado, las instituciones, los empleadores y toda la sociedad.
Porque defender los derechos de la enfermería también es defender el derecho a la salud de todos.
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