La victoria de la Selección Argentina de Fútbol por 3 a 2 frente a Selección de Egipto de Fútbol dejó una imagen que volvió a repetirse en cada rincón del país: calles colmadas de banderas, bocinazos, abrazos y una alegría desbordante, como si se hubiese conquistado una nueva final.
El partido tuvo todos los condimentos. Hubo incertidumbre, preocupación y momentos en los que parecía que el resultado sería adverso. Sin embargo, la Selección volvió a demostrar que nunca hay que darse por vencido y logró dar vuelta la historia.
Pero quizás la verdadera explicación de semejante festejo no esté solamente en el fútbol.
Detrás de cada celebración hay millones de argentinos que todos los días enfrentan desafíos mucho más difíciles que un partido. Trabajadores que perdieron su empleo, familias que hacen malabares para poner un plato de comida en la mesa, jubilados cuyos ingresos ya no alcanzan, jóvenes que buscan una oportunidad y miles de enfermeras y enfermeros que continúan esperando un trabajo digno o mejores condiciones laborales.
Por unas horas, el fútbol consiguió algo que pocas cosas logran: unirnos, emocionarnos y hacernos olvidar, aunque sea por un instante, las preocupaciones cotidianas. Durante noventa minutos volvió la esperanza, esa que muchas veces escasea cuando la realidad golpea con fuerza.
El fútbol no resuelve la inflación, no genera empleo ni llena la heladera. Pero tiene la capacidad de recordarnos que un pueblo que todavía puede emocionarse, abrazarse y celebrar unido también conserva la fuerza para seguir luchando y construyendo un futuro mejor.
Mientras rueda la pelota, renace la ilusión. Y cuando el árbitro marca el final, cada argentino vuelve a su realidad, pero quizás con un poco más de ánimo para seguir remando, convencido de que, como en el deporte, las adversidades también pueden darse vuelta.
Lic. Sandro Ortega
Un trabajador más.

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