20 feb. 2016

Los enfermeros, imagen visible de Dios

El 11 de febrero, día de Nuestra Señora de Lourdes, se celebró la Jornada Mundial del Enfermo. Nuestro mundo está siendo especialmente atacado por la enfermedad en general, la cruel y silenciosa, la que no da tregua a nuestros lamentos en el dolor, a aquella "enfermedad no conocida", a la tan frecuente enfermedad psíquica, mental, etcétera. Tememos a un nuevo día, por el dolor que pueda traernos. Buscamos fórmulas, escapes, ánimo, para llevar esta enfermedad con dignidad, con aceptación y con la mayor paciencia posible. Tomamos las medicinas, acudimos a centros que palian el dolor y la angustia que trae consigo. La familia nos cuida y atiende, en la medida que puede, pero a veces, se siente desbordada e impotente. Entonces, Dios entra en nuestra vida, con la fuerza de un nuevo amanecer de esperanza. En esos momentos, nuestra confianza y entrega a él, de la enfermedad, se hacen absolutamente necesarias. En definitiva, Dios nos habla, nos interpela a través de ella, y parece decirnos: "No temas ni desfallezcas, yo estoy contigo, tanto en la alegría como en la tribulación. Soy el único que puede liberarte, cree en mí, espera en mí, busca tu consuelo en mí". El Papa Francisco, en este Año Santo de la Misericordia, nos invita a todos a ser misericordiosos los unos con los otros. A ser agentes de amor, de esperanza y de paz. A practicar las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales. Sabemos que este sufrimiento pasajero, aunque a veces se nos haga tan largo, es el camino hacia la salvación, y que nuestra enfermedad nos identifica con Jesús, que dijo: "Estuve enfermo y vinisteis a verme". Hemos de ser también una ayuda, un consuelo para los demás. Nuestra enfermedad debe ser el mejor signo de apostolado en nuestro mundo. El Papa Francisco, nos dice en este día: "Podemos pedir a Jesús, por la intercesión de María, madre de Dios y madre nuestra, que nos conceda disponibilidad para servir a los necesitados y, concretamente, a nuestros hermanos enfermos. A veces, este servicio puede resultar duro, pesado, pero estamos seguros de que el Señor, no dejará de transformar nuestro esfuerzo humano en algo divino. También, nosotros podemos ser manos, brazos, corazones que ayudan a Dios a revelar sus prodigios, con frecuencia escondidos. También nosotros, sanos o enfermos, podemos ofrecer nuestros cansancios y sufrimientos, como el agua que llenó las tinajas en las bodas de Caná, y fue transformada en el mejor vino. Cada vez que se ayuda a quien sufre o se está enfermo, se tiene el privilegio de cargar sobre los propios hombros la cruz de cada día y de seguir al Maestro. (Lc. 9, 23), y aún cuando el encuentro con el sufrimiento, sea siempre un misterio, Jesús nos ayuda a encontrarle sentido".

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