1 jul. 2018

Sin médicos ni enfermeras

Si alguien tenía alguna duda sobre las tenebrosas intenciones de este gobierno dirigidas a matarnos de hambre, por enfermedades (tiempo atrás) curables, por la falta de medicinas y de tratamientos que hace 20 años se aplicaban en los hospitales públicos para atenuar los padecimientos de los enfermos graves, pues entonces que se baje de esa nube y aterrice en esta realidad infernal

La revolución (si a este disparate político se le puede llamar así) ha decidido marchar en retroceso y, por los resultados que tenemos a la vista, le va muy bien en su afán desmedido de arrasar con todo lo heredado de la malvada cuarta república.

No existe exageración alguna en lo que nos atrevemos a decir sin que nos quede nada por dentro. A la vista está el hecho, insólito por lo demás, que entre el galáctico Hugo y su desangelado heredero Nicolás no dejan para la posteridad obra alguna que permita menudamente recordarlos.

Si le damos un rápido vistazo a lo ocurrido entre los siglos que van desde la Colonia hasta estos aciagos años rojo rojitos (con el perdón de Rafael Ramírez, el nuevo malo de la película, hoy en fuga) nos damos cuenta en el acto de que hasta los pendencieros conquistadores españoles y, de paso, los alemanes a los cuales los reyes peninsulares le dieron en concesión parte de nuestro territorio, no solo se esmeraron en esclavizar y matar a la población aborigen, sino que se entretuvieron un rato largo mientras se llevaban nuestras riquezas minerales. Pero alemanes y españoles dejaron al menos una larga huella de ciudades y pueblos que se mantienen hasta nuestros días. Muchas de esas iniciativas endebles y de escasos pobladores fueron y algunas lo son hoy capitales de estados y de la república, de las varias que ha tenido Venezuela.

De esa mezcla de arcabuces y flechas, imaginamos que nació lo que hoy le han dado el pomposo nombre de Arco Minero que, por donde pasa, como un huracán, deja la tierra arrasada. En esa tierra solo pueden nacer pranes, guardias nacionales ávidos de oro, chavistas deshonestos y bandas criminales de ex guerrilleros y de narcotraficantes.

Lo peor es que de todo este ambiente criminal nada bueno puede florecer. Al contrario, la dinámica de la tierra arrasada avanza hacia las ciudades, hunde las carreteras, desmantela las escuelas y universidades, azota sin cesar los hospitales, destroza y pauperiza la vida profesional de quienes tienen la inmensa y heroica tarea de cuidar la salud de los venezolanos.

De los grandes centros hospitalarios apenas quedan las fotografías desteñidas por la dejadez y la indiferencia de los ladrones de cuello rojo. Se han robado la salud del pueblo, se la han guardado en sus inmundos bolsillos, la han invertido en lujosos apartamentos, casas de playa, camionetas blindadas y en cuentas en Andorra y Suiza. 

Y no es una mentira de la extrema derecha porque hasta el mismo fiscal general, escogido a dedo por la innombrable asamblea constituyente, se ha encargado de vocearlo a los cuatro vientos y mostrar los documentos que prueban la magnitud del saqueo del tesoro público. Pero para las sacrificadas enfermeras no hay dinero, solo insultos y represión policial. ¡Qué manera de vengarse tiene la familia Rodríguez!


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