La enfermería atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. Mientras el mundo demanda cada vez más profesionales para sostener los sistemas de salud, miles de enfermeras y enfermeros enfrentan situaciones de desempleo, precarización laboral y escaso reconocimiento profesional.
Los datos son contundentes. Una encuesta realizada sobre una muestra de 1.000 enfermeras y enfermeros de todo el país reveló que más de la mitad de los trabajadores afectados (54%) no había logrado reinsertarse laboralmente al momento del relevamiento. Quienes sí encontraron una alternativa laboral debieron, en muchos casos, hacerlo bajo modalidades de trabajo independiente o monotributista, asumiendo condiciones de inestabilidad y pérdida de derechos laborales.
Esta realidad contrasta con las necesidades crecientes del sistema sanitario. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que actualmente existe un déficit global de 5,8 millones de enfermeras y enfermeros, concentrado principalmente en países de ingresos bajos y medios. Además, proyecta que para 2030 serán necesarios más de 6 millones de profesionales adicionales para responder a las demandas de salud de la población mundial.
Las causas son múltiples: envejecimiento de la fuerza laboral, jubilaciones, desgaste profesional, salarios insuficientes, condiciones laborales adversas y falta de incentivos para que las nuevas generaciones elijan esta profesión. A ello se suma una creciente migración de profesionales hacia otras actividades o hacia países que ofrecen mejores oportunidades laborales.
La paradoja es evidente. Mientras los sistemas de salud necesitan más enfermeras y enfermeros para garantizar una atención segura y de calidad, las condiciones actuales desalientan la permanencia y el desarrollo dentro de la profesión.
La enfermería no es solamente una ocupación; es una disciplina científica, una profesión esencial y un componente estratégico de cualquier sistema sanitario. Cada vacuna aplicada, cada paciente acompañado, cada emergencia atendida y cada vida salvada llevan la impronta del trabajo silencioso y comprometido de miles de profesionales que sostienen diariamente la atención de salud.
Frente a este escenario, resulta imprescindible impulsar políticas públicas que promuevan la estabilidad laboral, el reconocimiento profesional, la formación continua y condiciones de trabajo dignas. Invertir en enfermería no es un gasto: es una inversión directa en la salud, la seguridad y el bienestar de la población.
El desafío es urgente. Si no se toman medidas concretas para fortalecer la profesión, la escasez de recursos humanos continuará profundizándose y afectará inevitablemente la capacidad de respuesta de los sistemas de salud.
Defender la enfermería es defender el derecho a la salud de toda la comunidad.
Lic. Sandro Ortega
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