Causa Menéndez II, Córdoba, Argentina. Testimonio de una Enfermera.-

Argentina, Córdoba: Juicio a Menéndez. "La vida es una lucha constante" 


Isolina Tránsito Guevara, enfermera y activista sindical, declaró como testigo y sobreviviente en la causa Menéndez II, el pasado 12 de noviembre. Su testimonio revela las conexiones entre fuerzas de seguridad y civiles durante la dictadura. “Quiero Justicia y cárcel común para los culpables”, afirma.
Desde muy joven, un mandato interno, difícil de acallar, la impulsa a llevar la voz cantante y exigir a las patronales los derechos que le correspondían como trabajadora. Hace 32 años, estuvo detenida en el Departamento de Informaciones conocido como D2 y luego en la Unidad Penitenciaria Nº 1 de Barrio San Martín, en la provincia de Córdoba. Fue “juzgada” por un Consejo de Guerra y luego de casi tres años en prisión fue liberada junto a su hermano, también cautivo, en noviembre de 1979.

La sobreviviente y testigo declaró en la causa Menéndez II que juzga el asesinato de Ricardo Fermín Albareda, y los tormentos y torturas sufridos por nueve sobrevivientes en las causas conocidas como “Moyano” y “Morales”. En una conversación con Prensared, vuelve sobre aquél pasado oscuro que “no se olvida pero se supera”.

Isolina transmite vitalidad y firmeza. Se asume como trabajadora y desde esa visión construye su historia. Se casó con Miguel “mi compañero de toda la vida” y tuvieron cinco hijos. Como tantos cordobeses, se fueron a probar suerte al sur del país. Se quedó en Río Grande, ejerció su profesión en el Hospital Público y, como no podía ser de otra manera, fue delegada y activista gremial en la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE).

“La vida es una lucha constante”, asegura. Y en esta instancia espera Justicia. Y que los culpables “por más que sean ancianos, vayan presos, y cumplan condena en cárceles comunes”.

-¿Usted era delegada sindical en su trabajo?

Yo era delegada de la clínica del Niño. Había llegado allí y sin saber nada, pedí uniforme, zapatos y elementos de trabajo y me los dieron. Entonces, las compañeras que trabajaban desde antes, me cuentan que a ellas nunca les habían dado nada, que si yo les podía conseguir lo mismo para ellas. Fuimos al gremio y pedimos autorización para elegir delegado. No se postuló nadie, por supuesto, y me postule yo y gané.

- El 19 de enero de 1977, usted estaba en su lugar de trabajo, cuando un grupo de hombres la lleva presa ¿Cómo fue?

- Había ingresado a las 6 de la mañana y hacía doble turno. Eran como las 15hs, y una compañera me avisa que una gente me estaba requiriendo. Llego a la sala de enfermería y había dos o tres personas. Delgadas, altas, de anteojos negros y pelo largo. Me dicen que tenían que llevarme detenida para averiguación de antecedentes. Les digo que esperen que me cambie porque no podía salir de uniforme. Revisan todo y me preguntan si hay ventanas. Me visto, salgo con ellos y me encaran hacia un Ford Falcon verde.

Ahí empieza el recorrido hasta el D2…

Había dos hombres adelante, de similares características. Con anteojos oscuros, de sol. Me tiran en el asiento de atrás, en el medio, y me ponen el pie en la cabeza. Viajamos un rato y me bajan en el pasaje Santa Catalana -sede del D2- y apenas atravieso la puerta me ponen una venda oscura. Adentro, me siento en un banco duro, creo que de cemento. Había mucha gente. Me daba cuenta por carraspeos o por roces, de esa forma nos presentábamos de alguna manera. Donde estaba, había dos puertas, una adelante y otra atrás. Me sacan por la parte de adelante, a un patio interno, soleado, porque podía ver la luz del sol por debajo de la venda. Me pasan a una sala de tortura, me introducen la cabeza en un tacho con agua. Yo hacia como que me desmayaba, me dejaban un rato pero después me tiraban agua encima. Recibía golpes con un elemento duro y patadas. Me preguntaban por personas que yo no conocía. Así pasé tres días.

-¿Cuáles fueron los peores momentos vividos en ese lugar siniestro donde pasó 12 días?

Una de la peores torturas fue oír a mi hermano –Ramón Hugo Guevara- gritar por las torturas. Estaba muy mal, golpeado, lastimado. Fue una de las peores cosas que me pasaron. Además, todos los días venían con una lista y formaban una fila y nombraban a quienes supuestamente se irían a su casa. Yo preguntaba ¿cuándo me tocaría? Si yo no había hecho nada ilegal, si solo pedía por mis derechos.

Otro momento duro fue cuando me pegan y me sacan por detrás. Subimos tres escalones y damos la vuelta. Subimos otra escalera grande, que no era de material. Uno de cada brazo me subía. Me entraron y sentí que se iban. Otra persona detrás de mí, me desata la venda. Era un lugar con pocas cosas, creo que había un escritorio. Me saca la venda, y me ordena que gire la cabeza. Me doy vuelta, sin mirarlo. Nos decían que no los reconozcamos, porque nos iban a asesinar. Este hombre me dice que lo mire.

¿Y ese hombre era el mismo que ahora está en el banquillo?

Sí, era él. Un tipo grandote, con pelo claro, y con esos ojos claros, brillantes, de asesino. Esa boca muy particular, labios gruesos, feos, una imagen horrible, libidinosa. Me mira fuerte, y me dice que lo mire bien que era el Gato (Gómez). Comienza a pegarme y a preguntarme datos de una persona que yo no conocía. Después de insultarme y golpearme, me pone la venda, se abre la puerta y me bajan al lugar donde estaba (El Tranvía).

-Ahora, cuando el Juez le pide que reconozca a los acusados, precisamente, el “Gato” Gómez da un paso al frente, para intimidarla. ¿Lo sintió como una amenaza?

Pienso que a pesar de lo que está pasando, se cree fuerte, se cree todavía impune, con poder. Pero la verdad no sentí miedo. Me quedé mirándolo fijo a la cara, que sepa que lo reconocía, que era la misma situación de hace 32 años atrás. Que no tenía ningún poder ahora. Yo, sí tenía poder, porque estaban mis hijos en la audiencia, los compañeros, la Justicia y la verdad sobre todo.

¿Qué paso después de esos 12 días en el D2?

Me llevan a la Penitenciaría de barrio San Martín. Nos requisaron, sin ropas, con una requisa profunda, por todo el cuerpo, me sacaron una foto y me dan mis pertenencias para que me vista y los guardia cárceles hombres y mujeres me llevan por un pasillo hasta el pabellón 14, donde estuve alojada con un grupo de compañeras hasta el 26 de diciembre de 1979 en que salí en libertad.

Juicio al trapo rojo

Isolina, como la mayoría de ex presos, ha sufrido simulacros de fusilamiento. En 1979, la someten a un Consejo de Guerra en el Tercer Cuerpo. El traslado se realiza en un camión. Vendada y esposada viaja con un grupo de soldados. Uno de los militares se presenta como el abogado defensor. Nunca lo había visto.

En el estrado, un grupo de militares de alto grado con condecoraciones, preparados para el juicio. “Yo estaba paradita, con tres soldados atrás, con armas largas. Comenzó el juicio y la acusación era por una revista del Che Guevara que había comprado en el kiosco. Querían que me haga cargo de que era comunista, de pertenecer al Partido Comunista. Yo nunca milité en ningún partido. Era activista sindical y lo sigo siendo. Se declaran incompetentes y vuelvo a la penitenciaria”, relata.
En otra oportunidad, junto a otras presas, esposadas y vendadas fueron trasladadas y arrojadas al piso de un avión Hércules. “Mi hermano estaba arriba, muy triste, porque ya no me vería más. Entonces, rompe un vidrio de una ventana para que lo lleven a la enfermería y así me veía cuando pasaba al hospitalito”, cuenta. Al cabo de varias horas dan marcha atrás. Solo partirían quienes estaban a disposición del PEN. Como ellos estaban a merced del Tercer Cuerpo de Ejército, vuelven a la penitenciaría.

Los Guevara, eran una típica familia de trabajadores de barrio Guemes. La madre, ama de casa, el padre y su hermano preso, trabajaban en el Correo. Una de las hermanas, Silvia, en una fábrica de calzado. Lila, era temporaria en la estafeta de Carlos Paz y la menor estudiaba. “En el 77 cumplía los 15 y lógicamente no se los festejaron. Cerca de un año estuvieron sin saber donde estábamos”, recuerda con tristeza.

Sus padres golpearon todas las puertas posibles. Incluso, fueron a verlo a Primatesta. Viajaron a Buenos Aires, presentaron hábeas corpus. “Estábamos desaparecidos”, afirma.

Isolina asegura que ni la tortura, ni el miedo constante a ser violada cuando estaba en prisión la quebraron. Cuando sale de la cárcel, ingresa a atrabajar en un Hospital Público. Un informe de la SIDE da cuenta de su detención. Es cesanteada de inmediato. Una nueva pelea se avecina.

-¿Una vez que sale en libertad, vuelve a su trabajo?

No. Entré al hospital del Niño Jesús, ex casa cuna. Por supuesto, no dije que había estado presa. Pero al mes, la supervisora me dice que era un personal idóneo, muy capaz, pero que había llegado una resolución con un informe de la SIDE y que quedaba cesante. Me volví caminando a mi casa, muy triste, muy desolada. Empezaba otro peregrinaje porque para vivir hace falta conseguir trabajo. Porque la caridad es buena pero no se puede vivir de ella.

-¿Qué hizo entonces?

Me encontré con mi esposo, un gran compañero –llevamos 29 años de casados-y comenzamos a hacer notas. Fuimos al ministerio de Salud que estaba a cargo del doctor Uribe Echeverría. Pasaban los meses, y nada. No había forma. Entonces, empezamos a mandar notas a la SIDE. Durante seis meses fui todas las semanas, hasta que un día, me atiende el director y me pregunta qué quería, por qué estaba molestando. Le respondí que simplemente quería que me devuelva mi trabajo del que había sido echada por informes de esa repartición.

Al rato, tomó el teléfono y habló con el doctor Uribe Echeverría. “Ahí te mando a la señora Guevara, ponela a trabajar”, le dijo. A los cinco días, estaba en el Hospital Misericordia. Me retiré, por supuesto que le agradecí.

Nada se logra sin luchar

En 1987, visitó a su padre que trabajaba en Río Grande. “Lo primero que hice fue ir al hospital. Me atendió una monja. Había trabajo. Pedí una licencia sin goce de sueldo y nos fuimos. Trabajé 21 años, hasta que me jubilé”, explica. Reflexiva, acota: “El pasado no se puede olvidar, se sí superar”.

-¿Dudó en venir a declarar y exponerse como testigo?

Realmente no necesité pensarlo. Lo tenía claro. Hacía rato que escuchaba de los Juicios en Córdoba. Creo que era una forma de resarcir lo que nos había pasado. Sobre todo para una parte de la sociedad que aún hoy sigue negándose. Si te ven con una nota o algo del juicio o los invitas te dicen que “eso es del pasado” y otros siguen diciendo “por algo será”.

-¿Porque piensa que aún ocurre?

Hay varias causas. Creo que es una forma cómoda de vivir. La vida es un compromiso constante. Nada se logra sin luchar. Mi forma de pensar es que la vida es una lucha constante. De palabras, de exigencia de las cosas que nos corresponden. Entonces, muchos prefieren que haya alguien, una bocona que hable, exija, y ellos se amparan detrás de eso. Más de una vez militando en el gremio de ATE en Río Grande, las compañeras que no eran muy participativas en las luchas gremiales te decían: ¿Y el gremio qué hace? Pero el gremio somos nosotros, nosotros lo hacemos. Si no hay apoyo detrás de una cabeza de sindicato, no hay gremio. La fuerza se la dan los militantes. Entonces, ellos la pasan bien pero están pendientes, porque eso los va a beneficiar también

-¿Siguió militando en lo sindical?

Si, totalmente. Recuerdo una lucha muy grande porque exigíamos insumos para el hospital. No era posible que estuviera devastado porque ingresaba dinero de las obras sociales. Fue una lucha larga. Estábamos de asamblea y la ministra (de Salud) no nos recibía. Un día nos enteramos que estaba reunida en la dirección. La esperamos, le pedimos que baje, que nos reciba. Mandamos mediadores y nada. Tuvimos que entrar a la fuerza. Allí estaba, escudada, con guardaespaldas. El ministro de Justicia con el asta de la bandera queriendo atacarnos. Vinieron los bomberos, entró la policía, rompieron todo, tiraron gases lacrimógenos. De terror. No pudimos hablar con esta señora. Ahí me quedó una causa a mí y al resto de los compañeros. Era delegada y vocal en ATE. A los 3 años quedamos libres de culpa y cargo.

Aún jubilada, participa de todas las movidas gremiales. Como en el ‘88. “Estaba con mi hijo pequeño. No éramos provincia, sino territorio nacional. La peor época. No venía nadie a atendernos. Hicimos la asamblea y dijimos: paro. Quedamos dos compañeras y mi hijo. Empezó a nevar y llegaron los compañeros y armamos la carpa y ese fue el primer paro en 1988”, evoca.

-¿Qué espera de este juicio?

Espero justicia. Que esta gente quede presa. Por más que sean ancianos, que cumplan la condena en cárceles comunes. Eso es mucho, en comparación de lo que nos pasó a todos nosotros. Hasta el último que participó tiene que estar preso. Reivindicar la muerte de tantos compañeros, es la única forma de resarcir el horror vivido.

Foto: Argentina, Córdoba - Isolina Guevara, en Córdoba, su ciudad natal. / Autor: PRENSARED

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