19 ago 2014

Has de morir donde debes

POR: HÉCTOR CEDEÑO






Jamás pensé que tendría que hacer tanto trámite, que ve al tercer piso y luego que el certificado en el sótano, la silla y los enfermeros en el segundo, y la salida en la planta baja. Pobre de mi Juan, ahora sí que como le decía a mi suegra: "Ya lo suben, ya lo bajan, ya lo sientan en su silla y le dan tremendos golpes.". Y pensar que todo empezó con ese dolor en el pecho, seguro por su trabajo en la mina... siempre termina cobrándote que le arranques pedazos de sus entrañas. Él es en realidad la mitad de mi vida, ya nuestros hijos hicieron su vida en el otro lado, casi no vienen a esta su tierra, jamás les gusto el trabajo de la mina y menos el del campo, no cabe duda de que el Señor aprieta pero no ahorca. En cuanto salimos y se estacionó un taxi dejando a una pareja, pensé: en la parte de atrás cabe mi Juan cómodamente. De inmediato le dije: Joven ¿le interesaría una dejada hasta Sombrerete Zacatecas? ¿En cuánto me saldría? Nada más somos dos personas y una pequeña maleta, seguro que se cuaja con un dinerito. A Pedro se le iluminaron los ojos, empezaba el día con suerte. Saliendo de casa ,enseguida le cayó un cliente y al dejarlo en el Hospital General encadenaba el siguiente... y por si fuera poco hasta Sombrerete, ya se me hizo el día. Que sean que sean dos mil pesos -le dice a la señora­, tome en cuenta que el viaje es de ida y vuelta- Vio como ella hacia cuentas mentales y se puso contento en cuanto ella le dijo: "De acuerdo, vámonos para llegar a buena hora y se pueda regresar hoy mismo. Bajó Pedro a abrirles la puerta para que los enfermeros subieran al señor con todo y cobija, y en lo que ellos se acomodaban aprovechó para llamar a Gabriela, su esposa, y decirle, no me esperes a comer, chiquita, me salió viaje a Sombrerete, regreso en 7 horas. Y alcanzó a escuchar a la señora: "con cuidado por favor muchachos, que lo quiero entero".

Se notaba que la señora estaba nerviosa, pero quien no lo está al salir de un hospital. Hablaba poco pero le dijo que había nacido en Sombrerete, como su esposo, quien por cierto se la pasó dormido todo el viaje, y se veía que una señora devota porque al acercarnos al retén de la Sierra de Órganos, se persignó y le tomó la mano al señor y le oí murmurar unos rezos. "Cómo están las cosas con la inseguridad, capaz que el retén es de malandros y marchamos­ Al llegar a Sombrerete justo en la curva de la capilla del Sagrado Corazón, me pidió unos minutos para darle gracias a Dios.

Es tu Gloria en este mundo, verdad que por algo despertó en ti ese profundo amor. Te encantaban sus ojos, sus labios y su piel, y ahora que puedes ver su alma, caramba que tamaño de mujer tienes, ve nada más, como se las ingenió para que le dieran el certificado, cómo convenció a los enfermeros para que te llevaran al taxi, y el pobre taxista ni siquiera se las olió que te tenía que llevar tan lejos, hay que ver el temple cuando pasaron el retén de los soldados. Nada tambalea a esta mujer.

Siempre me ha gustado Sombrerete, con sus calles empedradas de pueblo mágico, y con sus banquetas llenas de portones abiertos, casas de hermosos patios con fuentes o macetas de colores, y las frescas sombras de las arquerías...

Al llegar al domicilio de la señora salieron varios muchachos para ayudarle a pasar al enfermito, y para despedirme (quería regresar lo más pronto posible a Durango, todavía de día le dije amablemente: "Señora, ya debe de estar mejor su esposo, porque no lo escuché quejarse"­ Y ella con una mirada llena de paz me contestó "Ya está mucho mejor, porque él ya está con Dios". Una ráfaga de aire helado corrió por mi espina dorsal, todo me quedó bien claro. Nadie me lo va a creer, ni siquiera mi chiquita ahora que se lo platique.

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